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Jueves, 6 de abril 2016 

Carta Semanal del Arzobispo de Oviedo


Himno a la alegría: el aleluya cristiano

Estamos en unos días señeros, tan intensamente vividos por el pueblo cristiano que los encara de verdad entendiendo lo que significan. Jueves santo, Viernes santo y luego el Domingo de pascua. La vida no tiene botón de pausa y sigue adelante su camino, el que misteriosamente ha trazado de modo providencial Dios con su eterna sabiduría. El jueves nos trae cena de confidencias y traiciones, de amores declarados y de oraciones en el huerto. El viernes será de madrugada un juicio amañado, donde será condenado a quien es la Verdad y la Justicia. Una vía Dolorosa le llevará al patíbulo de malhechores donde dará la vida por todos, también por aquellos que le mataban. El Sábado santo será todo silencio, pero el Domingo de nuevo será todo palabra.


El día de pascua la Iglesia celebra lo más grande. Sin aspaviento ni alharaca. La convocatoria nos escenifica que quedaba lo mejor por llegar, quedaba propiamente dicha la última palabra. Es el final que se torna recomienzo, y donde todo parecía agotado, tumbado y aplastado, de pronto empieza allí la primavera con una pujanza tan nueva que hace olvidar todos los barbechos que luego no dieron nada. Así, todas las penúltimas palabras llenas de oscuridad, de violencia y de muerte, han quedado enmudecidas para siempre tras ese canto que como un himno a la alegría tenía por estrofa única un aleluya que no acaba. Había una palabra última que debía ser escuchada y es la que de modo postrero se reservó Dios mismo para pronunciarla. Tras todo un camino de conversión y escucha, llega el momento del encuentro con esa palabra. Llegamos así al centro del año cristiano. Todo parte de aquí y todo hasta aquí nos conduce. Y como quien sale de una pesadilla que parecía inacabable y pertinaz, como quien sale de su callejón más oscuro y tenebroso, como quien termina su exilio más distanciador de los que ama, como quien concluye su pena y su prisión... así Jesús resucitará, según había dicho como Maestro que no engaña.


Por angostos que sean nuestros pesares, por malditos que resulten tantos avata­res inhumanos, y por tropezosos que nos parezcan los traspiés de cada día, Jesús ha vencido. Y esto significa que ni la enfermedad, ni el dolor, ni la oscuridad, ni la tristeza, ni la persecución, ni la espada... ni la mismísima muerte tendrán ya la última palabra. Jesús ha vencido, ha resucitado, y su triunfo nos abre de par en par el camino de la esperanza, de la utopía cristiana, el camino de la verdadera humanidad, el camino que nos conduce al hogar de Dios.


Él ha querido morir nuestra muerte, para darnos como regalo más inesperado y más inmerecido lo que menos nos pertenecía: su propia resurrección. La puerta está abierta y el sendero limpio y despejado. Sólo basta que nuestra libertad se mueva y se­cunde su primordial iniciativa, la de Dios, la de su Amor. Sí, Jesús resucitará, y la luz volverá. Nosotros estamos llamados a cantar y a contar este mi­lagro, esta maravillosa in­tervención de nuestro Dios. En medio de todos nuestros dra­mas y dificultades, ha su­cedido algo, ha ocurrido algo, que ha modificado en nuestra historia todos los fatalismos que nos acorralan y atenazan: Jesús resucitado. entrar en nuestro mundo víctima de las tinieblas de todos los viernes santos de la historia. La vida ha irrumpido en todos los rincones de muerte. Vuelve la vida. El himno de esta alegría no tiene ninguna fuga en su tocata, sino un eterno regalo que nos permite volver a nacer mientras decimos el aleluya que jamás defrauda. A todos mi sincero deseo de una feliz Pascua.


 
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

         Arzobispo de Oviedo

 

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