Parroquia de Cangas de Onís

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Alejamiento de la FÉ cristiana

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    Muchas personas confiesan que son cristianas pero no saben lo que eso significa. Unos creen que son cristianos porque están bautizados; otros porque creen en Jesucristo, en su mensaje, en su testimonio, aunque a través de un conocimiento débil y sin fundamento. Otros se creen cristianos porque aman a Jesús, como figura importante en la historia, aunque como no conocen la Sagrada Escritura, pues todo se queda ahí.

     Desde mi punto de vista, ser cristiano supone no una de las características anteriores, sino todas ellas. Esto es, estar bautizado canónicamente; creer y amar a Jesús y a su mensaje y conocer y aplicar la Sagrada Escritura. ¿Es lo único y suficiente? No, pero es el sustrato, el inicio y el fundamento de nuestra fe.

     Todos los aquí presentes conocemos, en mayor o menor medida, la Sagrada Escritura. Por eso me resulta fácil presentaros algunas definiciones válidas para que una persona, organización o actividad, pueda ser considerada “cristiana” aclarando también algunos conceptos equivocados y populares:

1        Un cristiano es una persona que se reconoce pecadora, incapaz de ganar por sus propios méritos el perdón de Dios, pero confía en su ayuda, en su misericordia y vive procurando hacer la voluntad de Dios, dejándose guiar por el Espíritu Santo de Dios que es esa fuerza que le ayuda a tomar la opción correcta cuando se le presenta una tentación.

2        Un cristiano verdadero, como persona, no es, necesariamente, mejor que otros que no son cristianos, es más, en muchos casos puede ser que personas más alejadas de Dios tengan mayores virtudes humanas. Pero un cristiano ha de poner como modelo de su vida a Jesucristo, e intentar seguirle e imitarle, para cambiar y dirigir su vida hacia el encuentro con Dios Padre y guiar y acompañar a otros para alcanzar el mismo destino. Este ideal de vida no le impedirá caer una y mil veces, pero por el amor y la ayuda de Dios, el cristiano, volverá a levantarse otras tantas veces.

3        Un cristiano no merece y nunca llega a merecer la vida eterna que Dios le otorga, por méritos propios, ya que todo buen testimonio de un cristiano es el resultado de que él haya dejado fluir al Espíritu Santo y le haya dejado actuar a través de sus obras, de sus intenciones, de sus gestos, palabras y sentimientos.

4        Un cristiano comparte su fe, no para convencer a otros, sino que lo hace por estar convencido del beneficio que ha recibido por haber creído en el Hijo de Dios y desea con todo su corazón que otras personas reciban ese mismo beneficio, porque sabe, por su propio caso, que las personas no necesitan un atributo especial, de inteligencia, riqueza, carisma, honradez, o cualquier otro atributo o virtud, sino solamente creer, creer en Jesús, el Hijo de Dios. Por esto toma muy en serio el compartir su fe, porque si las personas no escuchan lo que deben creer, ¿cómo van a creer si nadie les predica?, porque deben escuchar aquello en lo que deben creer.

     Es responsabilidad de todo cristiano compartir aquello que él cree, compartirlo con su forma de vivir y exponerlo de la manera más clara que le sea posible. De esta manera el cristiano muestra su amor al prójimo, compartiendo lo más importante.

5        Hay iglesias que se autodenominan cristianas, sin embargo son marianas, porque el centro de su relación con Dios es María, la Madre de Jesús, cuidándome de aclarar que es la Madre de Jesús, no de Dios, porque Dios “envió” a su Hijo, lo que significa que ya tenía a este Hijo Dios, para que se encarnara en Jesús, el hijo de María, la Madre de Jesús, entonces, Dios le concedió ese privilegio especial a María, el de aportar el cuerpo humano de Jesús y en ningún lugar, no dice ni se insinúa siquiera, que Dios, para poder salvar al mundo necesitó “tener” un hijo con María, porque el Hijo de Dios no empezó a existir gracias a María, y aunque esto está muy claro, sin lugar a dudas genera la más ardiente discusión por parte de aquellos que, engañados por el enemigo de sus almas, les quiere apartar del único camino a Dios, porque dice la Escritura: Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo. Pero sí es cierto que Cristo nos la ofreció como Madre, y podemos llegar a Él a través del conocimiento, el amor y la devoción a María-

6        Un cristiano no está procurando ganar su salvación, un cristiano de verdad no duda de ninguna manera acerca de si será salvado o no, porque no tiene que ver con lo que él puede hacer sino que está directamente relacionado con lo que Jesucristo hizo en la cruz del Calvario. Por esta razón, aquel que se aparta del camino de Jesús no está perdiendo su salvación, sencillamente está demostrando que nunca la tuvo. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, pero no todos aceptan su oferta, porque su orgullo no les permite comprender que algo pueda ser tan fácil o que como no quieren cumplir con lo que conlleva ser cristiano pues es mejor no plantearse la existencia de Dios y creer que no existe nada. No saben ni comprenden que lo que ocurre después de haber creído no es un esfuerzo humano por lograr la santidad ante Dios, sino que es el actuar de Dios en la vida del ser humano para hacerlo aceptable ante sus ojos, pero eso es obra de Dios.

7        Un cristiano reconoce la autoridad bíblica, no porque considere infalibles a aquellos que han estado involucrados en las traducciones y las actualizaciones, sino porque reconoce que allí está “la intención de Dios” y por su condición de Dios, ha guardado lo que tiene que guardar para que él reciba la palabra de Dios que será inequívocamente interpretada por todos aquellos que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, porque les guiará a toda verdad. El diablo siempre procurará engañar, destruir y en fin, influir en el ser humano, para sembrarle dudas, para alejarle de Dios.

     Conocer, creer, entender, vivir como Dios quiere, compartir lo que cree y vivir con Dios. Estos deberían ser los ideales y principios de todo cristiano. Pero cuando estos no se dan, surgen las separaciones y los errores. Os aporto algunos de ellos:

     Lo primero que debemos incluir es qué entendemos los cristianos por FE. Apoyándonos en el Catecismo de la Iglesia Católica, decimos que la Fe es:

     “la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma. Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios (DV 5). Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. La fe viva “actúa por la caridad” (Ga 5, 6).

     El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (cf Concilio de Trento: DS 1545). Pero, “la fe sin obras está muerta”: privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo.

     El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: “Todos vivan preparados para confesar a Cristo ante los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: “Todo [...] aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32-33).

     Pero cuando esta fe no se da, no se tiene o no se alimenta, ocurren determinados alejamientos, como los siguientes:

La superstición  (indice)

     Es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición (cf Mt 23, 16-22).

La idolatría (indice)

     El primer mandamiento condena el politeísmo. Exige al hombre no creer en otros dioses que el Dios verdadero. Y no venerar otras divinidades que al único Dios. La Escritura recuerda constantemente este rechazo de los “ídolos [...] oro y plata, obra de las manos de los hombres”, que “tienen boca y no hablan, ojos y no ven”. Estos ídolos vanos hacen vano al que les da culto. Dios, por el contrario, es el “Dios vivo” (Jos 3, 10; Sal 42, 3, etc.), que da vida e interviene en la historia.

     La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc.

     “No podéis servir a Dios y al dinero”, dice Jesús (Mt 6, 24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a “la Bestia” (cf Ap 13-14), negándose incluso a simular su culto. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (cf Gál 5, 20; Ef 5, 5).

     La vida humana se unifica en la adoración del Dios Único. El mandamiento de adorar al único Señor da unidad al hombre y lo salva de una dispersión infinita. La idolatría es una perversión del sentido religioso innato en el hombre. El idólatra es el que “aplica a cualquier cosa, en lugar de a Dios, la indestructible noción de Dios” (Orígenes, Contra Celsum, 2, 40).

Adivinación y magia (indice)

     Dios puede revelar el porvenir a sus profetas o a otros santos. Sin embargo, la actitud cristiana justa consiste en entregarse con confianza en las manos de la providencia en lo que se refiere al futuro y en abandonar toda curiosidad malsana al respecto. Sin embargo, la imprevisión puede constituir una falta de responsabilidad.

     Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “desvelan” el porvenir (cf Dt 18, 10; Jr 29, 8). La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a “mediums” encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios.

     Todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión. Estas prácticas son más condenables aún cuando van acompañadas de una intención de dañar a otro, recurran o no a la intervención de los demonios. Llevar amuletos es también reprensible. El espiritismo implica con frecuencia prácticas adivinatorias o mágicas. Por eso la Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él.

La irreligión (indice)

     El primer mandamiento de Dios reprueba los principales pecados de irreligión: la acción de tentar a Dios con palabras o con obras, el sacrilegio y la simonía.

     La acción de tentar a Dios consiste en poner a prueba, de palabra o de obra, su bondad y su omnipotencia. Así es como Satán quería conseguir de Jesús que se arrojara del templo y obligase a Dios, mediante este gesto, a actuar (cf Lc 4, 9). Jesús le opone las palabras de Dios: “No tentaréis al Señor, tu Dios” (Dt 6, 16). El reto que contiene este tentar a Dios lesiona el respeto y la confianza que debemos a nuestro Creador y Señor. Incluye siempre una duda respecto a su amor, su providencia y su poder (cf 1 Co 10, 9; Ex 17, 2-7; Sal 95, 9).

     El sacrilegio consiste en profanar o tratar indignamente los sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como las personas, las cosas y los lugares consagrados a Dios. El sacrilegio es un pecado grave sobre todo cuando es cometido contra la Eucaristía, pues en este sacramento el Cuerpo de Cristo se nos hace presente substancialmente.

     La simonía (cf Hch 8, 9-24) se define como la compra o venta de cosas espirituales. A Simón el mago, que quiso comprar el poder espiritual del que vio dotado a los Apóstoles, Pedro le responde: “Vaya tu dinero a la perdición y tú con él, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero” (Hch 8, 20). Así se ajustaba a las palabras de Jesús: “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10, 8; cf Is 55, 1). Es imposible apropiarse de los bienes espirituales y de comportarse respecto a ellos como un poseedor o un dueño, pues tienen su fuente en Dios. Sólo es posible recibirlos gratuitamente de Él.

     “Fuera de las ofrendas determinadas por la autoridad competente, el ministro no debe pedir nada por la administración de los sacramentos, y ha de procurar siempre que los necesitados no queden privados de la ayuda de los sacramentos por razón de su pobreza”. La autoridad competente puede fijar estas “ofrendas” atendiendo al principio de que el pueblo cristiano debe contribuir al sostenimiento de los ministros de la Iglesia. “El obrero merece su sustento” (Mt 10, 10; cf Lc 10, 7; 1 Co 9, 5-18; 1 Tm 5, 17-18).

El ateísmo (indice)

     Muchos de nuestros contemporáneos no perciben de ninguna manera esta unión íntima y vital con Dios o la rechazan explícitamente, hasta tal punto que el ateísmo debe ser considerado entre los problemas más graves de esta época.

     El nombre de ateísmo abarca fenómenos muy diversos. Una forma frecuente del mismo es el materialismo práctico, que limita sus necesidades y sus ambiciones al espacio y al tiempo. El humanismo ateo considera falsamente que el hombre es “el fin de sí mismo, el único artífice de su propia historia. Otra forma del ateísmo contemporáneo espera la liberación del hombre de una liberación económica y social para la que “la religión, por su propia naturaleza, constituiría un obstáculo, porque, al orientar la esperanza del hombre hacia una vida futura ilusoria, lo apartaría de la construcción de la ciudad terrena.

     En cuanto rechaza o niega la existencia de Dios, el ateísmo es un pecado contra la virtud de la religión (Rm 1, 18). La imputabilidad de esta falta puede quedar ampliamente disminuida en virtud de las intenciones y de las circunstancias. En el origen y difusión del ateísmo “puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña; en cuanto que, por descuido en la educación para la fe, por una exposición falsificada de la doctrina, o también por los defectos de su vida religiosa, moral y social, puede decirse que han velado el verdadero rostro de Dios y de la religión, más que revelarlo” (GS 19, 3).

     Con frecuencia el ateísmo se funda en una concepción falsa de la autonomía humana, llevada hasta el rechazo de toda dependencia respecto a Dios. Sin embargo, el reconocimiento de Dios no se opone en ningún modo a la dignidad del hombre, ya que esta dignidad se funda y se perfecciona en el mismo Dios.

El agnosticismo (indice)

     El agnosticismo tiene varias formas. En ciertos casos, el agnóstico se resiste a negar a Dios; al contrario, postula la existencia de un ser trascendente que no podría revelarse y del que nadie podría decir nada. En otros casos, el agnóstico no se pronuncia sobre la existencia de Dios, manifestando que es imposible probarla e incluso afirmarla o negarla.

     El agnosticismo puede contener a veces una cierta búsqueda de Dios, pero puede igualmente representar un indiferentismo, una huida ante la cuestión última de la existencia, y una pereza de la conciencia moral. El agnosticismo equivale con mucha frecuencia a un ateísmo práctico

La apostasía (indice)

     No hay para un cristiano un mal mayor que abandonar la fe católica, apagar la luz y volver a las tinieblas, donde reina el diablo, el Padre de la Mentira. Así lo entendieron los Apóstoles desde el principio: “Si una vez retirados de las corrupciones del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de nuevo se enredan en ellas y se dejan vencer, su finales se hacen peores que sus principios. Mejor les fuera no haber conocido el camino de la justicia, que después de conocerlo, abandonar los santos preceptos que les fueron dados. En ellos se realiza aquel proverbio verdadero: “se volvió el perro a su vómito, y la cerda, lavada, vuelve a revolcarse en el barro” (2Pe 2,20-22). De los renegados, herejes y apóstatas, dice San Juan: “muchos se han hecho anticristos… De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros” (1Jn 2,18-19).

     Pero hubo apóstatas sobre todo debido a con las persecuciones, especialmente en la persecución de Decio (249-251). Y a veces fueron muy numerosos estos cristianos lapsi (caídos), que para escapar a la cárcel, al expolio de sus bienes, al exilio, a la degradación social o incluso a la muerte, realizaban actos públicos de idolatría, ofreciendo a los dioses sacrificios, incienso o consiguiendo certificados de idolatría.

     La Iglesia asigna a los apóstatas penas máximas, pero los recibe cuando regresan por la penitencia. La Iglesia perdona al hijo apóstata que hace verdadera penitencia. Siendo la apostasía el mayor de los pecados, siempre la Iglesia evitó caer en un laxismo que redujera a mínimos la penitencia previa para la reconciliación del apóstata con Dios y con la Iglesia. De hecho, las penas canónicas impuestas por los Concilios antiguos a los apóstatas fueron máximas. Y siguen siendo hoy gravísimas en el Código de la Iglesia las penas canónicas infligidas a los apóstatas. El apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión latæ sententiæ (c. 1364,1). Y “se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento, 1º a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos” (c. 1184).

     El concilio Vaticano II advierte que “el ateísmo es uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo” (GS 19a). “La negación de Dios o de la religión no constituyen, como en épocas pasadas, un hecho insólito e individual; hoy día, en efecto, se presentan no rara vez como exigencia del progreso científico y de un cierto humanismo nuevo.

La excomunion (indice)

     Es la pena eclesiástica consistente en declarar a una persona fuera de la comunión de la Iglesia y por lo tanto obligadamente alejada de los actos sacramentales y de otros signos de pertenencia como sepultura eclesiástica, sufragios o signos de comunión.

     La excomunión, que en los tiempos recientes se practica muy raramente, se halla regulada por las leyes de la Iglesia y supone no sólo la privación de signos externos de pertenencia, sino también la no participación de los bienes espirituales (gracia, ayudas espirituales, beneficios etc.) de los cristianos.

     Según las circunstancias puede ser “late sententiae“, si va junto a la comisión de un delito especialmente grave (apostasía, sacrilegios especiales, etc.), y “ferende sententiae“, si se comete un delito que conlleva amenaza de ser pronunciada esta sanción (robos, abusos, atropellos) (cc. 1364 a 1388).

     La imposición de penas eclesiásticas tiene siempre una finalidad salvífica: el bien de la comunidad y la conversión del ofensor. La imposición de penas ha de tenerse en cuenta como último recurso. Se ha dicho que la excomunión no debe considerarse en términos penales, sino sólo como un acto salvífico en beneficio del individuo y de la comunidad eclesial. Pero este punto es controvertido.

 Dado que supone un pecado grave (CIC 1321), la comunión con la Iglesia deja de ser plena, ya que faltaría la gracia, que es la condición interna necesaria para la plena comunión (LG 14).

     La excomunión está referida a delitos externos; es un acto jurídico externo de la Iglesia. No significa necesariamente que el infractor esté privado de la gracia de Dios. En teoría al menos, una persona excomulgada puede estar actuando de buena fe, aun cuando esté legalmente excluida de determinados aspectos de la vida de la Iglesia.

     Las excomuniones puede levantarlas la autoridad competente, por lo general la Santa Sede o el obispo local, según a quien esté reservada. Los infractores acuden normalmente en primer lugar para la remisión de la censura al sacramento de la reconciliación, aunque generalmente es menester recurrir luego a la autoridad que corresponda (CIC 1354-1358).

     No hay que confundir la excomunión con otras penas como el entredicho (prohibición de culto o de participación), retención de pecados, por ser reservados (que no pueden ser perdonados por un sacerdote cualquiera), o cualquiera otra sanción que, para suscitar el arrepentimiento y la reacción, la Iglesia impone a veces a sus miembros.

Las herejías (indice)

     Jesucristo al instituir su Iglesia sobre Pedro le confiere el poder total y lo hace árbitro de la doctrina, que es la línea medular de la fe, sobre la cual funciona la vida de la Iglesia a través de los siglos.

     Herejía: es una doctrina que se opone inmediata, directa y contradictoriamente a la verdad revelada por Dios y propuesta auténticamente como tal por la Iglesia.

     La palabra “herejía” proviene de la lengua griega y encierra el concepto de error, desviación o enseñanzas de doctrinas que van contra un programa de fe, ya estructurado, o bien sometido a examen y finalmente aprobado con una definición de base inmutable. Desde el tiempo de los apóstoles abundaron las herejías: unas negaban la divinidad de Jesucristo, otras su humanidad y otras amalgamaban la doctrina cristiana con otras religiones, etc.

     Durante toda la época de las persecuciones oficiales surgieron herejías, la mayoría provenían de los mismos cristianos descontentos y algunas de los paganos. Tampoco faltaron los defensores de la fe verdadera y exponían, al mismo tiempo, la doctrina bíblica enseñada por la Iglesia.

     El hereje ha sido definido así en el código del Derecho Canónico: “Si alguien después de haber recibido el bautismo, aun conservando el nombre de cristiano, niega con obstinación o pone en duda algunas de las verdades de la fe divina que hay que creer, este católico es hereje”.

     Los castigos que recaen sobre los herejes están expuestos en el mismo Código:

     “Todos los que apostatan la fe cristiana, todos los herejes y cismáticos y cada uno de ellos:

1) Incurren por el hecho mismo en la excomunión.

2) Si no se arrepienten después de una advertencia, serán privados de todos los beneficios, dignidades, pensiones, oficios u otros cargos que tuvieran en la Iglesia. Serán declarados infames, y los clérigos, después de una segunda amonestación canónica, son, por sólo este hecho, tachados de infamia, etc.; los clérigos, después de una segunda amonestación canónica sin ningún resultado, serán degradados”. 

La absolución a los herejes provoca dificultades por razón del rito. El Código resume brevemente las disposiciones de la disciplina canónica: “La absolución de la excomunión está reservada de una manera especial a la Sede apostólica... El pecador así absuelto puede después recibir el perdón de su pecado de un confesor cualquiera”.

     Grande es la diferencia entre herejía, que es una recusación de la doctrina católica, y el cisma, que es una rebelión contra la unidad de la Iglesia. Algunas herejías:

·        Docetismo. Negó la humanidad de Jesús y afirmó que Cristo tuvo sólo un cuerpo aparente no real.

·        Ebionismo. Afirmaba que Cristo no es Dios, sino un simple hombre; las corrientes más moderadas, en cambio, admitían también su origen divino.

·        Gnosticismo. La figura de Cristo era un mito más en su visión del mundo.

·        Monoarquismo. En la creación se revela el Dios unipersonal como Padre, en la redención como Hijo, y en la obra de la santificación como Espíritu Santo.

·        Maniqueísmo. Todo procede de dos principios contrarios: el de la luz (Ormuz) y el de las tinieblas (Ahrimán).

·        Los cátaros y albingenses. Se dedicaban a predicar contra la Iglesia y atacarla.

·        Montanismo. Herejía de tendencias apocalípticas y semi-místicas.

·        Arrianismo y semiarrianismo. No hay tres personas en Dios sino una sola, el Padre. Jesucristo no era Dios, sino que había sido creado por éste de la nada como punto de apoyo para su Plan.

·        Macedonianismo. Enseñaban que en la Trinidad existía una jerarquía de personas, en la que el Hijo sería inferior al Padre y el Espíritu Santo sería inferior a ambos.

·        Nestorianismo, monofisismo y monotelismo. Herejías que atentan contra la unión de la naturaleza y la persona de Cristo

   Los Valdenses. Rechazaron la Santa Misa, las ofrendas, las oraciones por los muertos y la oración en la Iglesia.

El sacrilegio (indice)

 Se entiende generalmente como la profanación o trato injurioso de un objeto o persona sagrado. Hay tres tipos de sacrilegios: contra las personas, lugares o cosas sagradas:

 Sacrilegio contra una persona sagrada: Significa comportarse de una manera tan irreverente con una persona sagrada que, ya sea por el daño físico infligido o por la deshonra acarreada, viola el honor de dicha persona.

 Sacrilegio local: Violación de un lugar sagrado: iglesia, cementerio, oratorio privado. Esa violación puede ser por robo, comisión de un delito dentro de un lugar sagrado, usar una iglesia como establo o mercado, o como sala de banquetes, o como corte judicial para dirimir en ellas cuestiones meramente seculares.

 Sacrilegio real: El sacrilegio real es la injuria hacia cualquier objeto sagrado que no sea un lugar ni una persona. Este tipo de sacrilegio puede cometerse, en primer lugar, administrando o recibiendo la Eucaristía en estado de pecado mortal, y también cuando se hace escarnio consciente y notorio hacia la Sagrada Eucaristía. Se considera el peor de los sacrilegios. Y en general cuando se recibe un sacramento de vivos en pecado mortal (confirmación, eucaristía, orden sacerdotal y matrimonio). Asimismo se considera sacrilegio real la vejación de imágenes sagradas o reliquias, el uso de las Sagradas Escrituras y objetos litúrgicos para fines no sacramentales, y también la apropiación indebida o el desvío para otros fines de bienes y propiedades (muebles o inmuebles) destinados a servir a la manutención del clero o al ornamento de la iglesia. A veces se puede incurrir en sacrilegio al omitir algún elemento necesario para la adecuada administración de los sacramentos o la celebración de la Eucaristía, como, por ejemplo, diciendo la Misa sin las vestiduras sagradas. El sacrilegio más grave y frecuente que se comete hoy día es recibir la Sagrada Eucaristía en pecado mortal. Hay muchas personas que reciben a Jesús Sacramentado en la Misa; pero en cambio hay muy pocas personas que se confiesan. Y no olvidemos lo que dijo San Pablo: “El que come indignamente el Cuerpo de Jesucristo come su propia condenación” (1 Cor 11,29).

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