Parroquia de Cangas de Onís

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La IGLESIA y la sociedad II

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LA VOZ DE LA IGLESIA ANTE TEMAS SOCIALES


LA IGLESIA Y LA DONACIÓN DE ÓRGANOS

     Trasplantar un órgano a un enfermo para curarle (las transfusiones, los trasplantes de médula, de piel, de riñón, de corazón...) es un acto realizado por un médico cuya finalidad es buena en sí. No obstante, se debe realizar atendiendo a ciertos criterios.

     Cuando se trata de una donación hecha por una persona viva (de sangre, de médula, de riñón) debe hacerse por propia voluntad y no a cambio de dinero. Nadie puede disponer de su propio cuerpo o del de otro para comerciar con él, incluso si el fin es ayudar a otros.

     El caso de la donación de esperma o de óvulos es completamente distinto. No se hace para curar, sino que está relacionada con la transmisión de la vida. La vida sólo se puede transmitir en el acto sexual de los esposos. Esta donación es contraria al respeto al vínculo conyugal, incluso si se hace con amor.

     Cuando se trata del cuerpo de una persona difunta, no se puede extraer un órgano de dicho cuerpo sin el consentimiento de la familia o si, en vida, la persona había manifestado su oposición.

     Cuando se trata de un moribundo o de una persona en estado de coma profundo no se pueden extraer sus órganos sin tener la certeza de que ha muerto (dos encefalogramas planos en un intervalo de 24 horas según la legislación francesa)
     Toda práctica contraria a estas reglas se opone al respeto debido a cada persona.


LA OPINIÓN DEL PAPA A ESTE RESPECTO  (indice)

    Cada día se hace más necesaria la disponibilidad de órganos para trasplantes. Mucha gente no está enterada de lo importante que es donar sus órganos para poder dar vida o prolongar la vida de otras personas. Diversas instituciones han colaborado para incrementar el número de donantes sin embargo todavía existe un inadecuado número de personas que donan órganos comparado con la gran demanda. La doctrina de la Iglesia Católica respalda y estimula la generosidad de los donantes dentro de un contexto apropiado.

     El Catecismo de la Iglesia Católica establece en el número 2296 el criterio moral para la adecuada donación y trasplante de órganos: “El trasplante de órganos es conforme a la ley moral si los daños y los riesgos físicos y psíquicos que padece el donante son proporcionados al bien que se busca para el destinatario.

     La donación de órganos después de la muerte es un acto noble y meritorio, que debe ser alentado como manifestación de solidaridad generosa. Es moralmente inadmisible si el donante o sus legítimos representantes no han dado su explícito consentimiento. Además, no se puede admitir moralmente la mutilación que deja inválido, o provocar directamente la muerte, aunque se haga para retrasar la muerte de otras personas”.

     A propósito de este mismo tema el Papa San Juan Pablo II tras calificar la donación de órganos como “un auténtico acto de amor”, puso de relieve que el cuerpo humano “no puede ser considerado únicamente como un complejo de tejidos, órganos y funciones, sino que es parte constitutiva de la persona”.

     Por eso, dijo el Papa: “toda tendencia a comercializar los órganos humanos o a considerarlos como unidades de intercambio o de venta, resulta moralmente inaceptable, porque a través de la utilización del cuerpo como ‘objeto’, se viola la misma dignidad de la persona”.

     San Juan Pablo II destacó también la importancia de que la persona que done los órganos sea adecuadamente informada, de modo que decida libremente y en caso de imposibilidad, se requiere “un eventual consenso por parte de los parientes”.

     El Papa emérito Benedicto XVI, cuando era todavía Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, concedió a la agencia Zenit, una entrevista acerca de su posición sobre este tema de la Donación de órganos que lo juzgo extraordinariamente profundo y doctrinal.

     «Donar los propios órganos es un gesto de amor moralmente lícito siempre que sea un acto libre y espontáneo». Con estas palabras, el cardenal Ratzinger recordaba la línea mantenida por la Iglesia en este tema, cuando se acaba de aprobar una ley en Italia para agilizar la donación de órganos y, por tanto, la realización de trasplantes. La ley, como otras del entorno europeo, presupone que una persona es potencial donante si no se opone expresamente.

     Por primera vez, el cardenal confesaba que formaba parte de una asociación de donantes de órganos.

P.- Cardenal Ratzinger, ¿es siempre moralmente lícito donar los propios órganos?
R.- Cierto que es lícito incorporarse, espontáneamente y con plena consciencia, a la cultura de los trasplantes y de la donación de órganos. Por mi parte, sólo puedo decir que he ofrecido toda mi disponibilidad a dar, eventualmente, mis órganos a quien tiene necesidad.

P.- ¿Esto quiere decir que está incluso inscrito en una asociación de donantes?
R.- Sí, hace años que me inscribí en la asociación y llevo siempre conmigo este documento en el que, además de mis datos personales, está escrito que estoy dispuesto, si se da el caso, a ofrecer mis órganos para ayudar a cualquiera que tenga necesidad: es simplemente un acto de amor.

P.- ¿Qué significa para un cristiano ofrecer el propio cuerpo para trasplantes?
R.- Significa tantas cosas juntas. Pero, sobre todo, significa cumplir, repito, un gesto de altísimo amor hacia quien tiene necesidad, hacia un hermano en dificultad. Es un acto gratuito de afecto, de disponibilidad, que cada persona de buena voluntad puede realizar en cualquier momento y por cualquier hermano.

     En base a esa doctrina tan elocuente y sabia de los Papas, debemos sensibilizarnos de nuestra responsabilidad de cristianos de salvar vidas con la generosidad humana y cristiana como gente de buen corazón que está dispuesta a donar sus miembros para salvar las vidas de los enfermos que los necesitan o pueden necesitarlos en cualquier circunstancia​.


LA IGLESIA Y LA ORDENACIÓN SACERDOTAL DE MUJERES  (indice)

     El Papa Francisco hizo unas declaraciones sobre el papel relevante y la importancia de Este mes, responderemos a la inquietud que Blanca Chacón Bustillos nos envió a través de las mujeres en la Iglesia, lo que suscitó en algunos sectores la eterna pregunta de ¿por qué no hay sacerdotisas, como los sacerdotes hombres?

     Apoyándonos en la Carta Apostólica “Ordenatio Sacerdotalis” sobre la ordenación sacerdotal reservada solo a los hombres, que San Juan Pablo II escribió el 22 de mayo de 1994, podemos responder lo siguiente:

     La ordenación sacerdotal, mediante la cual se transmite la función confiada por Cristo a sus Apóstoles, de enseñar, santificar y regir a los fieles, desde el principio ha sido reservada siempre en la Iglesia Católica exclusivamente a los hombres. Esta tradición se ha mantenido también fielmente en las Iglesias Orientales.

     En efecto, los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles atestiguan que esta llamada fue hecha según el designio eterno de Dios: Cristo eligió a los que quiso (Mc 3,13-14; Jn 6,70), y lo hizo en unión con el Padre “por medio del Espíritu Santo”, después de pasar la noche en oración (Lc 6,12). Por tanto, en la admisión al sacerdocio ministerial, la Iglesia ha reconocido siempre como norma perenne el modo de actuar de su Señor en la elección de los doce hombres, que Él puso como fundamento de su Iglesia (Ap 21,14).

     En realidad, ellos no recibieron solamente una función que habría podido ser ejercida después por cualquier miembro de la Iglesia, sino que fueron asociados especial e íntimamente a la misión del mismo Verbo encarnado (Mt 10,1.7-8; 28,16-20; Mc 3, 13-16; 16,14-15).

     Los Apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores que les sucederían en su ministerio. En esta elección estaban incluidos también aquéllos que, a través del tiempo de la Iglesia, habrían continuado la misión de los Apóstoles de representar a Cristo, Señor y Redentor.

     Por otra parte, el hecho de que María Santísima, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, no recibiera la misión propia de los Apóstoles ni el sacerdocio ministerial, muestra claramente que la no admisión de las mujeres a la ordenación sacerdotal no puede significar una menor dignidad ni una discriminación hacia ellas, sino la observancia fiel de una disposición que hay que atribuir a la sabiduría de Dios.

     La presencia y el papel de la mujer en la vida y en la misión de la Iglesia, si bien no están ligados al sacerdocio ministerial, son, no obstantes, totalmente necesarios e insustituibles. Como ha sido puesto de relieve en la misma Declaración Inter Insigniores, “la Santa Madre Iglesia hace votos para que las mujeres cristianas tomen plena conciencia de la grandeza de su misión: su papel es capital hoy en día, tanto
para la renovación y humanización de la sociedad, como para descubrir de nuevo, por parte de los creyentes, el verdadero rostro de la Iglesia”.

     Por otra parte, la estructura jerárquica de la Iglesia está ordenada totalmente a la santidad de los fieles. Por lo cual, recuerda la Declaración Inter Insigniores: “el único carisma superior que debe ser apetecido es la caridad (1 Cor 12-13). Los más grandes en el Reino de los cielos no son los ministros, sino los santos”.

     Si bien la doctrina sobre la ordenación sacerdotal, reservada sólo a los hombres, sea conservada por la Tradición constante y universal de la Iglesia, y sea enseñada firmemente por el Magisterio en los documentos más recientes, no obstante, en nuestro tiempo y en diversos lugares se la considera discutible, o incluso se atribuye un valor meramente disciplinar a la decisión de la Iglesia de no admitir a las mujeres a tal ordenación.

     Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”.


LA IGLESIA Y LOS SACERDOTES CASADOS  (indice)

     No son pocas las personas que creen que el celibato es un invento o una imposición de la Iglesia Católica. Esto no es verdad. El celibato es una vocación y una llamada que el Señor Jesús hace, sólo a algunos, para que lo sigan con un corazón indiviso y entreguen su vida por entero al servicio de Dios y los demás. La Iglesia, fiel a las enseñanzas de Dios, se mantiene firme en ellas, más allá de la popularidad o impopularidad que ello implique. En la Biblia Jesucristo dice “Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos” (Mt 19, 12). Luego San Pablo afirma: “El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo; está por tanto dividido” (1Cor 7, 32); en aquel tiempo el único estado de vida conocido era el matrimonio.

     Estos textos dan “el espíritu” que late tras el celibato sacerdotal. En estos pasajes se ve que se trata de una vocación de Dios, en vistas al Reino de Dios y que, sólo sin razonar, puede alguien rápidamente afirmar que “es un invento de la Iglesia”; en efecto, más allá de la disciplina eclesiástica -que puede cambiar y de hecho fue cambiando con el paso del tiempo-, quedarán siempre en pie las claras palabras del apóstol: “el célibe se ocupa de los asuntos del Señor…, mientras que el casado de los asuntos del mundo… y está dividido”. Si perdemos de vista estos textos, perdemos el centro de la cuestión.

     Los rabinos -maestros judíos- enseñaban que el hombre, si no se casaba, estaba incompleto. Pero ya desde el Antiguo Testamento algunos hombres como Elías y Jeremías prefirieron ser célibes. Jesús dijo que, si uno puede aceptar el celibato por el Reino, debe hacerlo; y San Pablo escribió que ésta era la mejor manera para aquellos dedicados al Reino. Ambos vivieron esta total dedicación a la voluntad del Padre para la salvación de las almas. Por tanto, no causó sorpresa que, con el tiempo, la Iglesia discerniera que esta gracia del celibato dada por Dios -el único que puede dar este regalo- conjuntamente con el deseo de servir a Dios y a su pueblo, era una indicación de la vocación al sacerdocio. Esto no fue siempre requisito de la Iglesia en todas partes, pero casi inmediatamente en la historia encontramos que es muy recomendado y hasta exigido en algunos lugares.

     A los sacerdotes Católicos de Rito Latino por los últimos 1000 años se les ha requerido el celibato; las Iglesias Católicas Orientales no lo exigen. Sin embargo, en el caso de los Obispos, tanto en la Iglesia Católica como en la Ortodoxa, todos tienen que ser célibes. Ellos representan a Cristo en la diócesis y la esposa de Cristo es la Iglesia (Ef 5, 21-33). Así que es perfectamente apropiado que los Obispos no se casen nunca y de la misma manera tampoco los sacerdotes, aunque en algunas tradiciones se les permita casarse, antes de ser ordenados.

     Es verdad que la práctica de la Iglesia durante los primeros siglos admitía candidatos casados a las Órdenes sagradas, siempre y cuando diesen testimonio de un matrimonio vivido de manera irreprensible. Además, es obvio que, al comienzo de la predicación cristiana, cuando el celibato no era un estado admitido en la sociedad, los apóstoles no esperaban encontrar hombres célibes en número suficiente para regir las numerosas comunidades cristianas que iban surgiendo, pues simplemente no los había; y no se podía pensar que la recomendación de Pablo de que el servidor sea célibe, fuese inmediatamente aceptada y practicada en toda la Iglesia.

     Fue en el siglo IV cuando algunas leyes empezaron a exigir el celibato sacerdotal entre diócesis de rito latino: esto se hizo manifiesto en el Concilio de Elvira; se reiteró en el Concilio de Letrán I en 1123, aunque dicha regulación no fue seguida de manera estricta. Finalmente, en el Concilio de Trento (1545-1563) se estableció de manera definitiva el celibato sacerdotal obligatorio, tal como se lo conoce en la actualidad; esto también fue en respuesta a la Reforma protestante que permitía, e incluso promovía, el matrimonio de los sacerdotes, al tiempo que suprimía las órdenes religiosas y sus votos.

     Por todo lo dicho, la Iglesia entiende que el celibato sacerdotal es un verdadero don de Dios y que hay que preservarlo.


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